Issues — October 12, 2009 4:17 pm

Mexico 2008

images by: IAC PARTICIPANTS 2008

Emilio Bañuelos, San Francisco | Antonio Cardenas, Guadalajara | Elena Carrasco, San Francisco | Alexcia DeVásquez, Malaga, Spain | Gina Esposito, San Francisco | Noemi Flores-Zepeda, Guadalajara | James Gilmore, Mount Shasta |Yorch Gomez, Guadalajara | Aimee Guymon, Berkeley | Kija Lucas , Oakland | Carl Mogerley, San Francisco | Alfonso Nafarrate, Guadalajara | Rika Noda, Dunsmuir | Ibarionex Perello, Altadena | Unni Raveendranathen, San Francisco | John Rickard , Dunsmuir | Theo Slavin, San Francisco | Linda Vazquez, Guadalajara

Sensemayá

by Angie Zuno

Mientras Yeriel va pedaleando, crea en su cabeza una historia de guerreros. Se ve a sí mismo de esta manera épica, y cuando me lo platica, la imagen toma forma en mi imaginación, como un guerrero de siglos pasados: cuerpo tatuado con figuras autóctonas, cabellera larga y espesa, corre esquivando matorrales, buscando la víctima a cazar. La fotografía se complementa y resignifica a su vez, entre palabras y ruidos, figuras de latón indicando: ferretería; grafiti, tren ligero, pavimento, gente, siempre gente por donde se clave la mirada ocasional. Inclusive, cuando intento esquivar algunas de estas; siempre las hay en el inevitable día a día. El contexto de su guerra personal, la cual cambia de ser una jungla verde a serlo en distintas gamas de gris. La calle en la ciudad es gris, gris pardo y opaco, a veces predecible, jamás del todo. Pero sigue siendo un enfrentamiento a fin de cuentas, que se desarrolla de manera cotidiana por dos de las avenidas más concurridas de la ciudad de Guadalajara. Federalismo y Enríque Díaz de León. Nombres vacios. Calles con ritmo propio, movimiento independiente al que nosotros. En nuestra trayectoria llevamos otras historias mas de enfrentamientos casuales. Historias infinitas. Y es en este momento es donde cabe perfecto la afirmación de que cada cabeza es un mundo. Y tanto en Federalismo, como en Enrique Díaz de León transitan cualquier cantidad de cabezas, las cuales, en reciprocidad con la relatoría de historias inacabablemente privadas, lunes, martes, miercoles, jueves, o cualquier otro momento; dotan de vida los espacios. La metáfora del espacio que marca el inicio.

Comienza el recorrido. Punto de partida: el Templo Expiatorio, localizado en Enríque Díaz de León, entre Av. Vallarta y López Cotilla. Monumento a la influencia extranjera, adoración heredada por Porfirio Díaz. Vitrales franceses, relojes alemanes, arquitecto italiano. Adamo Boari. Vecino estadounidense. Burger King. En la explanada, entre pequeñas jardineras y una fuente, la vista sugiere todo un listado de entretención; basta con apuntar a donde sea: parejas enamoradas, niños jugando con frasquitos de burbujas de jabón, soplan emocionados el aro mágico que genera un cuerpo espumoso tornasol que ahora vuela por el aire; vendedores de pulseras de hilos en distintos colores, inciensos y pipas de madera; eloteros. Paso en mi bicicleta intentando tronar las burbujas de jabón. Inevitable final lo tiene todo. Encuentro a Yeriel, guerrero Azteca ancestralmente moderno, ajustando su autóctona figura a los tiempos actuales que ofrecen jeans en sus posibilidades de vestimenta.

Hola. Sonrío. Llevo 30 minutos de retraso. Sin embargo, tras mi sonrisa obtengo otra por parte de Yeriel, lo cual tranquiliza mi temor ante una molestia de su parte. El cielo está nublado y el temporal de lluvias en su máximo apogeo. Yeriel propone iniciar de inmediato el recorrido por lo que viene siendo su camino diario casa-trabajo-casa. Iniciamos el pedaleo. Yeriel no lleva casco. Tampoco coderas o rodilleras. Su única vestimenta corre por parte de un par de tenis, los antes mencionados jeans, comodín inequívoco, camiseta, mochila con un impermeable dentro y una liga para sostener su cabello.

Yeriel se para en el cruce de Enríque Díaz de León y La Paz para saludar a una amiga suya. No me entromento en la platica, sin embargo, mientras estamos parados, bicicleta a un lado, pasan los camiones a centímetros de nosotros. Claxons presionan nuestro pedaleo, el movimiento es caótico a nuestro alrededor, camiones de la ruta 40 revasan motociclistas, automovilistas, peatones. Espero. Termina la plática y continuamos el camino. Yeriel me pide que vaya delante de él por aquello de la seguridad. A la menor oportunidad hago este cambio de ir detrás de él a moverme hacia delante.

Les presento un poco de lo que conozco de Yeriel. Aparte de guerrero azteca en mi imaginación, cumple el rol como activista ciudadano, de este tipo minoritario de personas que buscan alternativas de movilidad en la ciudad, apoyando la posibilidad de volver el tránsito por las calles algo incluyente y fijándose, por sobre todos los medios de transporte en la bicicleta. Yeriel organiza junto con GDL en bici y en vinculación con otros grupos, paseos nocturnos en bicicleta, manifestaciones y proyectos para la rehabitación de los espacios públicos. Y es que a cada banqueta que avanzamos el problema se hace visible. Y tropezable. Y de alto riesgo porque mientras vas por Avenida Federalismo e intentas subir a una banqueta para que no te atropellen, el intento para aquel que es amateur en las artes de moverse a dos ruedas se vuelve casi una lucha por la supervivencia. Una lucha donde no hay rampas, o que si las hay están bloqueadas por un carro estacionado, o que si no están bloqueadas, están entonces fracturadas, con pasto crecido y una carita feliz dibujada en el símbolo del mono amarillo con silla de ruedas.

Como voy delante suyo, difícilmente puedo cruzar palabras con Yeriel, solo hago caso a las señales que me hace con el brazo, de las cuales adivino el significado porque de antemano no lo se. El panorama de Federalismo es impresionante, no solamente por el volumen de carros que avanzan a una velocidad mas bien lenta. Es hora pico, las 7p.m. A mi lado izquierdo va el tren ligero en la línea que cruza toda esta avenida, desde Periférico Norte hasta Periférico Sur. El movimiento de las personas al abordar el tren simulan una coreografía. De forma masiva, entran puñados de gente empujando al de adelante, con la meta final de encontrar un asiento vacío.

Vamos a la altura de la estación de Tetlán. Zona del Fresno con nombres de árboles frutales en las calles. Lo simpático del asunto es que precisamente hay algo que hace falta en el ambiente, y ésta falta va por parte de la vegetación que en esta zona de la ciudad es carente y se reduce a matorral de lote valdío. Sin embargo, hay templos, y hay ferias y en las ferias hay luces, muchas luces y juegos que rechinan oxidados. El barco vikingo, carruseles de carritos, de camiones, algunos de estos camiones bautizados con nombres populares. La pecera del amor versión a escala. Y en la pecera del amor hay niños. Esperando por estos, en los puestos de garnachas, sus papás.

La ciudad de repente aumenta de tamaño cuando se va un poco mas lento; cuando el tránsito a la interperie obliga al espectador a detenerse de vez en cuando a mirar lo que rodea. Que agradable es no saber lo que va pensando Yeriel mientras va detrás de mí, o delante o donde sea, y en el transcurso poder ir creándome historias de lo que no es. Nunca lo podré saber de una forma definitiva, inclusive preguntándoselo. Sin embargo, obedezco a mi curiosidad y me conformo con una pequeña porción.

Una de las características que Yeriel comenta disfrutar del andar en bicicleta, es la posibilidad de poder tener un contacto mas cercano con los objetos y con la gente. Le llama la atención todo lo que se mueve y afirma que eso es lo bonito de andar en bici, te pierdes menos cosas de lo que pasa en tu entorno. De repente puede estar pasando un atardecer y lo ves. Todo ese tipo de cosas que de repente suceden. Ves a las palomas volando. Que el niño esta llorando, la mama que ya le grito a su esposo. Todo te lo chutas porque ahi estas, estas a un lado. La sonrisa de una mujer. Puedes hacer ese contacto visual. Ves una mujer hermosa y de repente dices que bonita, y como no das una mirada lujuriosa pues te regresan la sonrisa. En palabras de Yeriel, esa aproximación sin vidrio, sin la opción de aire acondicionado, sin música a todo volumen, es de las razones motivadoras para seguir teniendo este recorrido todos los días.

Pequeñas porciones. Me pongo a pensar en la imposibilidad de conocerlo todo sobre la ciudad, todo sobre la experiencia, todo sobre la persona. Compartimos tan solo pequeñas porciones de lo que somos y de donde estamos. Siempre hay secretos guardados detrás de los ojos, detrás de las ventanas de una casa, del mostrador de una tienda de abarrotes. Seguimos pedaleando. Llegamos al cruce que da la bienvenida a la Zona Industrial. Lázaro Cárdenas y Federalismo. Carros, carros y mas carros. El semáforo toma el papel de juez que dictamina sentencias, el moderador en un debate donde todos van contra todos. La dinámica es de la siguiente manera: cruza cuando encuentres la oportunidad, el mínimo espacio, porque difícilmente alguien va a ceder el paso. Yeriel pasa con facilidad. Conoce la lógica del crucero. Yo me quedo esperando un poco mas hasta que encuentro ese hueco-portal a otras dimensiones.

Entrar a la parte de la zona industrial sugiere ese arrivo a otras dimensiones. Fumarolas gigantes a mi lazo izquierdo. Al derecho, un complejo deportivo donde ciclistas de velocidad van a practicar. Y no solo ciclistas. En este punto Yeriel y yo podemos ir a la par y conversar. Me platica sobre un señor en silla de ruedas que también va a practicar al parque, toda una leyenda viviente, inspiración para los demás atletas que se dan cita en aquel lugar todas las mañanas. Contrastes citadinos. Me pregunto como se puede hacer ejercicio en una zona tan llena de contaminación, donde aparte huele a industria, a humo.

Comenzamos a hablar sobre Polanco. Colonia que lo ha visto crecer, en la que ha permanecido toda su vida a excepción de algunos años que pasó en al Sierra Huichola. Volvemos la plática a Polanco, colonia a la que estamos por llegar. Comenta sobre como es andar en bicicleta a las 3 de la madrugada por esas calles. Todavía no entiendo a lo que se refiere. Se por los periódicos, por los mitos urbanos, por alguna que otra plática, que Polanco es una zona peligrosa. Según Yeriel lo es menos cada vez porque los jóvenes que la habitaron en un principio, cuando él era chico todavía, han ido creciendo, formando familias, migrado a los Estados Unidos. Ahora quedan familias viejas, pero aún así, el lugar ubicado hacia la periferia de la ciudad sigue manteniendo tintes de inseguridad, sobre todo cuando pasas por ahí a altas horas de la noche. Hay un punto, entonces, donde el combate no es solo con los carros, con los postes, camiones, banquetas, sino que comienza a ser también con las personas que bajo determinadas circunstancias también pueden representar un peligro.

Fuera de las casas, por los angostos callejones, grandes carros arreglados con placas de luz neón, peluche en los tableros, calcomanías hologramas de figuras religiosas; cajuelas con hieleras, hieleras llenas de cerveza. Música a todo volumen, Banda, Reguetón, sobre todo Reguetón. Winsin y Yandel cantan: “Ya me voy, si me pasa algo, cuida a mis hijos, tuve un mal entendido, reventaron a mi amigo, ahora tengo enemigos”. En torno a estos automóviles que están estacionados uno por manzana, grupos de promedio 10 jóvenes de aproximadamente 20 años de edad se reúnen. Yeriel se pone a mi lado de tal forma que para estos chicos él sea quien queda primero a la vista. Los chicos son en sí mismos todo un conjunto de elementos decorativos. Comenzando por su cabeza, una malla sostiene su cabello, algunos utilizan gorras con el popular L.A. bordado al frente. Camisetas talla extra grande, tatuajes en los brazos, no alcanzo a ver bien de que se tratan. Pantalones holgados, tenis Nike, de aquella edición limitada y también agotada que sacaron cuando Michael Jordan era Dios.

Imagino como sería cambiar de contexto a estos chicos. qué es de ellos lo que representa un peligro para nosotros, diferencias. Ponerlos en una plaza comercial, como piezas de ajedrez irlos trasladando a otras zonas distintas a esta periférica. O vestirlos con camiseta polo, pantalón caqui, zapatos boleados. Somos tiempo, espacio. Este tiempo y espacio escriben historia y esas historias las compartimos exageradas y entonces, tenemos miedo a los cholos. En fin. Ideas entrometidas. No dejamos de pedalear, en esta parte un poco mas rápido precisamente por el miedo.

Cada colonia que vamos dejando atrás alimenta mis ganas por dejar el carro y tomar la bicicleta. Empiezo a calcular en mi cabeza la distancia de mi casa hacia la escuela y hacia el trabajo que no tengo. Optar por la bicicleta es una decisión que conlleva todo un cambio en los hábitos y en el estilo de vida. Yeriel me comparte algunas de estas renuncias. No hay conductor designado, el rait a la novia es en la parrilla trasera, si es que la bicicleta tiene parrilla. El tiempo en todas sus formas. El tiempo para despertar, el tiempo para ir a dormir, para salir de la casa sin que haya tanto tráfico, la velocidad que tomarás directamente proporcional al tiempo, cuando vas retrasado y faltan diez minutos para entrar a trabajar. Sin embargo, darse cuenta de que las acciones que realizas traen consigo inspiración para los demás, todo esto vale la pena. Para Yeriel sucede de esta forma. Cuando va acompañado de personas que se asombran porque descubren algo nuevo y la bicicleta se convierte de cierta forma en el canal que favorece dicho descubrimiento, lo motivan a seguir y fomentar esta alternativa.

Ocho de Julio es la avenida con mayor cantidad de ciclistas transitando. Inclusive, según me platica Yeriel, por las mañanas cambia la dinámica en la que se organizan los ciclistas y los automóviles, hay mas respeto y la cara del camionero es menos hostil. Por esta avenida vive Yeriel y como un testigo vivo, ha sido la calle que lo ha visto crecer, donde aprendió a andar en bicicleta y donde de niño pedaleaba por la noche tan solo recorriéndola de extremo a extremo hasta donde el cansancio le permitiera. Su padre tenía una tienda de abarrotes a lado de su casa y recuerda cuando era niño y lo llevaba sentado en la canastilla de adelante, desde la tienda hasta el mercado de abastos.

Recuerdo de forma casi perfecta el momento en que por primera vez pude andar derecha en la bicicleta, sin que esta se tambaleara de un lado a otro, sin gritar y sentir pánico, sin chocar contra los árboles o caerme en el primer tope. El lugar era a un lado de las vías del tren por avenida Inglaterra. Mi bicicleta era de color azul alberca, tenía una parrilla atrás, la cual sostenía un primo mientras yo pedaleaba, prosiguiendo a soltarla cuando ya sentía que iba segura en mi trayecto. Muchas veces lo engañaba y en cuanto soltaba la parrilla frenaba y me volvía a caer. Pero ese día me soltó y pude andar derecha, pude sentir la velocidad en forma de aire rosando mi piel y entonces cerré los ojos por segundos, reduciendo el instante al sonido y la sensación del aire en mis oídos.

El aire es también la sensación favorita de Yeriel al andar en bicicleta. Analogía de libertad, o componente simbólico de esta, el moverse en bicicleta sin condicionantes. Te quedas sin un peso y puedes llegar a donde sea. El límite no existe en materia de traslado. Llegar a donde te lleve el aire como dicen. Y el aire, como motor de la hoja de papel o bolsa de plástico que vuelan suspendidos, o globo de helio que suelta un niño, no tiene límites.

Llegamos a su casa y hasta que me bajo de la bicicleta por mas de 5 minutos me doy cuenta de el dolor que siento en mis piernas. Me imagino lo que es recorrer ese mismo camino todos los días. Paulatinamente en la tarea de recorrer este trayecto a diario, supongo que el dolor va disminuyendo hasta el momento que inclusive no solo disminuye el dolor, sino también el tiempo y la forma de percibir la distancia que se recorre. Tengo sed y espero a que Yeriel entre a su casa a dejar su mochila para entonces ir enfrente y tomarnos unas aguas sentados en la banqueta.

El cielo sigue nublado. Hasta el momento inclusive la suerte ha estado de nuestro lado. Saldos negativos igual a cero. Cero lluvia, asaltos, accidentes. Mientras descansamos, platicamos a la vez sobre los cambios que ha tenido la ciudad y el crecimiento de la misma. No solo a la calle le ha tocado ver crecer a Yeriel, a él también le ha tocado vivir la transformación de la ciudad. Con sus historias, sus bicicletas, sus cholos, sus deliciosas aguas de lima que a cada trago siento como recorren mi esófago, helada y yo un mucho cansada.

El ser y el estar son complementos inherentes. Somos los espacios que habitamos y estos cobran vida propia al momento en que cada persona resignifica los lugares. Polanco, el complejo deportivo, Federalismo, el Expiatorio. Somos el otro también. En torno a la colectividad y a la comunicación, somos todo lo que somos porque el otro nos da sentido a nosotros también. Extención, los unos de los otros, en espacio, en persona, en tiempo, en la ciudad.

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